EL MÉXICO CON J

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Después de la Güera Rodriguez las piernas más importantes de la historia nacional, son las de su Alteza Serenísima Don Antonio López de Santa Anna. Una de carne y hueso , otra de madera y resina. Ambas pérdidas en el candor de la batalla.
La primera durante la guerra de los pasteles en la heroica defensa de veracruz cuando ignorando aquello de » a enemigo que huye, puente de plata » , batió a una escuadra en retirada y fue alcanzado por el fuego de la metralla francesa.
La de madera tambien la perdio en veracruz pero esta vez en 1847 mientras andaba a salto de mata huyendo de los sobrinos de Sam, el tío favorito de todos los países americanos.
Luego de la guerra de los pasteles, Santa Anna hizo para su pierna un funeral de estado, dándole cristiana sepultura en el panteón de santa Paula de donde pocos después será exhumada por militantes de una revolución golpista y paseada por las calles de la capital.
Para 1857 don Antonio tenía 80 años y la vista nublada por las cataratas. Era la serpiente que se muerde la cola, el epítome del cazador cazado. Lejos habían quedado los lujos y la opulencia de sus años mozos,ahora llevaba una vida modesta a la que nunca fue adicto.
Recién vuelto del que sería su último exilio recibia en el salón de la casa constantes visitas de los que se decían sus más leales partidarios y narraban con pelos y señales los actos heroicos y circenses cometidos para rescatar la pierna que le aseguraban era suya y a qui le traían . Santa Anna reía , les palmeaba el hombro y le pedía a doña Lolita (su esposa) que les diera algo de comer y un peso de plata.
Así pues, al final de sus días, Don Antonio López de Santa Anna tenía a su nombre y disposición tantas piernas que bien hubiera podido abrir una casa de citas.
-El otro señor Aguirre.-